La chef y empresaria costarricense Viviana Muñoz habló con franqueza sobre uno de los episodios más complejos de su vida: el proceso de duelo que enfrentó después de la muerte de su esposo, Carlos Echandi, una pérdida que la obligó a tomar decisiones profundamente personales para poder sobrellevar el golpe emocional.
Durante su participación en el pódcast Desde el alma, conducido por Lizeth Castro, Muñoz relató que una de las determinaciones más duras fue no volver de inmediato a la casa donde compartió gran parte de su vida con su pareja. Más que un cambio práctico, se trató de una necesidad emocional en medio de un momento de enorme vulnerabilidad.
Según explicó, tras el funeral encontró refugio en la casa de su padre, donde se instaló junto a sus hijas. Ese espacio familiar se convirtió en una especie de resguardo afectivo en días marcados por el vacío, la tristeza y la necesidad de sentirse acompañada.
Viviana contó que, en esa etapa, dormir con sus hijas en la habitación que había sido de sus padres le ayudó a encontrar una sensación de cobijo. En medio del dolor, ese entorno cercano le permitió atravesar las primeras jornadas de duelo con una red de apoyo mucho más presente y cálida.
La chef también reveló que regresar a su hogar fue uno de los pasos más difíciles de todo el proceso. La casa no era solo una vivienda, sino un lugar cargado de memorias, rutinas compartidas e historias construidas durante más de tres décadas de relación. Enfrentarse a ese escenario, ya sin la presencia de su esposo, representó un desafío emocional enorme.
Lejos de tomar la decisión de golpe, Viviana optó por hacerlo de manera gradual. Primero comenzó con visitas esporádicas, motivada también por la necesidad de recoger algunas pertenencias y de mantenerse cerca de su suegra, conocida popularmente como Tía Florita. Con el paso del tiempo, y conforme se sintió más fuerte, logró dar el paso de volver definitivamente.
Uno de los momentos más conmovedores de su testimonio fue cuando recordó la forma en que enfrentó la despedida final de Carlos Echandi. En lugar de describir una reacción desbordada, relató que vivió ese instante desde una posición de aceptación, agradecimiento y profunda espiritualidad, tras 34 años de vida compartida.
En sus palabras, asumió la partida de su esposo como una entrega a Dios, agradeciendo por la familia formada, los años vividos y el hogar construido juntos. Esa visión permitió entender que su duelo no solo estuvo atravesado por el dolor de la ausencia, sino también por el valor que le da a la historia que ambos levantaron a lo largo del tiempo.
El testimonio de Viviana Muñoz vuelve a poner sobre la mesa una realidad que muchas personas viven en silencio: el duelo no se manifiesta de una sola manera. Cada persona lo atraviesa a su ritmo, con sus propios tiempos, sus refugios emocionales y sus mecanismos para reconstruirse después de una pérdida tan grande.
En su caso, alejarse temporalmente de la casa no fue un rechazo a los recuerdos, sino una forma de tomar aire, buscar contención y prepararse emocionalmente para enfrentar una nueva etapa de vida. Su relato mostró que, en ocasiones, sanar también implica darse permiso para no regresar de inmediato a los lugares donde el dolor pesa más.
Las declaraciones de la chef han generado empatía entre quienes reconocen en su historia una experiencia humana y cercana: la de aprender a convivir con la ausencia sin dejar de honrar el amor, la familia y el hogar que una vez existieron.


