La estrategia de seguridad impulsada por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, se ha convertido en una de las referencias más citadas por líderes y movimientos de derecha en América Latina y Europa. Su política de mano dura contra las pandillas, respaldada por la construcción de megacárceles y miles de detenciones, ha despertado admiración entre quienes buscan respuestas rápidas frente al crimen organizado.
Sin embargo, mientras algunos la presentan como una fórmula exitosa para recuperar la seguridad, organizaciones de derechos humanos y expertos advierten sobre los riesgos que implica replicar ese modelo en otros países.
De El Salvador a Colombia: la influencia de Bukele
La reciente elección presidencial en Colombia volvió a colocar el tema sobre la mesa. El presidente electo Abelardo de la Espriella manifestó durante la campaña su intención de construir siete megacárceles inspiradas en el sistema penitenciario salvadoreño.
La propuesta se suma a iniciativas similares planteadas en otros países de la región, donde diversos dirigentes han citado a Bukele como ejemplo de firmeza frente a la delincuencia.
La idea también ha comenzado a ganar espacio en Europa. Figuras de la derecha radical han mencionado la experiencia salvadoreña como referencia para enfrentar problemas relacionados con criminalidad, hacinamiento penitenciario y seguridad ciudadana.
El argumento que atrae a sus seguidores
El principal atractivo del modelo radica en los resultados obtenidos por El Salvador en materia de homicidios y percepción de seguridad.
Durante años, el país fue considerado uno de los más violentos del mundo debido al poder de las pandillas. Sin embargo, las estadísticas oficiales muestran una reducción drástica de los asesinatos y otros delitos violentos desde la implementación del régimen de excepción.
Para muchos sectores políticos, las imágenes de miles de presuntos pandilleros encarcelados representan una señal de autoridad y control estatal frente al crimen.
Las críticas por derechos humanos
No obstante, organizaciones internacionales han documentado numerosas denuncias relacionadas con la aplicación de estas medidas.
Diversos informes señalan casos de detenciones arbitrarias, limitaciones al debido proceso, dificultades para acceder a defensa legal y presuntos abusos dentro del sistema penitenciario.
Entidades como Human Rights Watch, Cristosal y expertos de Naciones Unidas han cuestionado la concentración de poder y las restricciones a las garantías judiciales que han acompañado la estrategia de seguridad salvadoreña.
Los críticos sostienen que la reducción de la violencia no puede analizarse de forma aislada sin considerar sus efectos sobre el Estado de derecho y las libertades individuales.
Ecuador y Honduras no han logrado resultados similares
Aunque algunos gobiernos han intentado adoptar elementos del modelo, los resultados no han sido iguales.
En Ecuador, la administración de Daniel Noboa impulsó medidas de militarización, estados de excepción y proyectos de nuevas cárceles para enfrentar la violencia generada por organizaciones criminales. Sin embargo, los niveles de homicidios continúan siendo elevados y el país sigue enfrentando una compleja crisis de seguridad.
En Honduras también se han aplicado estados de excepción y operativos inspirados en la experiencia salvadoreña, pero sin alcanzar reducciones comparables en los índices de criminalidad.
Estos resultados han llevado a varios analistas a señalar que las condiciones políticas, sociales y criminales de cada país son distintas, por lo que la fórmula salvadoreña no necesariamente puede trasladarse de manera automática.
Un fenómeno político más allá de la seguridad
Especialistas consideran que el fenómeno Bukele trasciende la lucha contra las pandillas.
Su alto nivel de popularidad, la concentración del liderazgo político y la percepción de eficacia gubernamental han convertido su figura en un referente para movimientos que promueven gobiernos más fuertes frente a problemas complejos.
Por esa razón, el debate ya no gira únicamente alrededor de las megacárceles o los operativos policiales, sino sobre el equilibrio entre seguridad, democracia, derechos fundamentales y concentración de poder.
Mientras algunos países observan a El Salvador como un ejemplo a seguir, otros advierten que el verdadero desafío consiste en reducir la violencia sin debilitar las instituciones democráticas que garantizan el Estado de derecho.


