sábado, 6 junio 2026
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1.351 mujeres presas y el 40% por narco: el estudio que explica por qué las reclutan

De subordinadas a jefas: cómo las mujeres llegan a liderar estructuras criminales en Costa Rica

San José — Hace apenas unos días, la Policía de Control de Drogas detuvo en San José a una mujer de 27 años como cabeza de una narcofamilia con nueve puntos de venta en la capital. No es un caso aislado. Un estudio reciente de la UNED documenta una tendencia que las autoridades llevan tiempo observando: cada vez más mujeres no solo participan en estructuras criminales sino que las lideran.

Los datos del sistema penitenciario son el punto de partida: actualmente hay 1.351 mujeres en conflicto con la ley en Costa Rica, y el 40% de ellas enfrenta procesos relacionados con delitos de narcotráfico. La mayoría tiene entre 25 y 44 años, casi 8 de cada 10 no concluyeron la secundaria y provienen de contextos marcados por pobreza, violencia, exclusión social y maternidad temprana.

Por qué las reclutan y cómo ascienden

La psicóloga María Ester Flores explica el mecanismo de captación con crudeza: «Es muy posible que las personas malas, los abusadores que andan buscando cómo reclutar gente, ya se dan cuenta de la vulnerabilidad de la personalidad de estas mujeres que son muy manejables y manipulables, dadas sus traumas de infancia.»

El estudio de la UNED distingue dos perfiles. Las mujeres instrumentales son las que ingresan al crimen en roles subordinados —como mulas de droga, guardadoras de dinero o novias de narcos— sin autonomía ni beneficio real. Las mujeres lideresas, en cambio, llegan a posiciones de mayor poder y lo hacen, según el estudio, con estrategias que tienden a ser menos violentas que las de sus pares masculinos: más basadas en negociación, lealtad personal y control de la información.

El patrón que se repite

Lo que el estudio revela no es solo un fenómeno estadístico sino una dinámica estructural. Las mujeres que lideran redes criminales en Costa Rica no nacieron en ese rol: llegaron a él a través de relaciones afectivas con hombres del crimen, por necesidad económica extrema o porque el sistema penal las procesó por delitos de sus parejas sin que ellas fueran las responsables principales.

La visibilidad que adquieren una vez dentro del sistema penitenciario —y el estigma que las acompaña— reduce aún más sus opciones de reinserción, cerrando el ciclo.

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