martes, 16 junio 2026
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Su papá operó a miles de niños pobres en Argentina y él siguió el mismo camino, pero esta vez llegó hasta Angola

Padre e hijo, un quirófano en Angola y más de cien niños con una nueva sonrisa

Mariano Ojeda estaba de guardia cuando atendió la llamada. Pidió unos minutos para estabilizar a sus pacientes y solo entonces se sentó a contar su historia. Esa escena, aparentemente ordinaria en la vida de cualquier médico, resume mejor que cualquier otra cosa quién es este cirujano pediátrico argentino que a lo largo de tres viajes a Angola operó gratuitamente a más de cien niños que de otra manera nunca habrían tenido acceso a una cirugía.

Pero para entender a Mariano hay que empezar por su padre.

Una historia que viene de antes

Aníbal Ojeda y su esposa María Esther Buteler eran dos jóvenes médicos cordobeses que a mediados de los años setenta se instalaron en La Rioja para trabajar en el hospital Enrique Vera Barros. Aníbal empezó atendiendo adultos, pero su verdadera vocación estaba en los niños. Con el tiempo se especializó en cirugías de malformaciones congénitas y lo que empezó como trabajo hospitalario se convirtió en algo mucho más grande: en sus tiempos libres se subía al auto y recorría el interior de la provincia buscando niños que necesitaran su ayuda, sin cobrarles nada. Solo en sus primeros años de ejercicio operó a más de ocho mil menores.

En ese mundo creció Mariano. Conocía los quirófanos antes de aprender a andar en bicicleta. Acompañaba a su padre en sus recorridos por los pueblos de La Rioja. Tenía seis años cuando su propio papá lo operó de apendicitis, y ya sabía de qué trataba esa cirugía. Décadas después lo resumiría con una sola frase: «Mi viejo me hizo médico y mi mamá, persona.»

El camino propio de Mariano

Estudió medicina en Córdoba, se especializó en cirugía pediátrica y en 2007 volvió a La Rioja para cumplir un sueño que había tenido desde niño: trabajar junto a su padre, pero esta vez como colega. Fue en esa etapa cuando vio nacer la Fundación Rioja, creada por Aníbal para seguir atendiendo a niños con malformaciones que no podían pagar una operación.

Más adelante, la falta de recursos para avanzar profesionalmente lo llevó a buscar horizontes distintos. Consiguió un intercambio en Francia, en la ciudad de Saint-Étienne, donde se perfeccionó en técnicas quirúrgicas que todavía no existían en las provincias argentinas donde había trabajado. De regreso al país, terminó instalándose en Neuquén, en el Hospital Provincial Doctor Castro Rendón, donde hoy lidera el equipo FLAP, un grupo multidisciplinario especializado en el tratamiento de fisuras de labio y paladar que atiende pacientes de toda la Patagonia desde el nacimiento hasta la adolescencia, de forma completamente gratuita.

La madre que movió dos continentes

En 2018, durante un congreso de cirugía pediátrica en Buenos Aires, Mariano escuchó algo que no pudo ignorar. Una médica argentina que prestaba servicios en Luena, una ciudad de Angola con recursos médicos muy limitados, buscaba desesperadamente ayuda para un niño de dos años con labio leporino cuya madre era directora de un hospital local. Nadie le daba una solución.

Mariano intentó que trajeran al niño a Argentina, pero las trabas administrativas hacían eso imposible. Entonces hizo lo que su padre hubiera hecho: le contó el caso a Aníbal. La respuesta fue inmediata: «Vamos.»

En 2019, padre e hijo cruzaron el Atlántico por su propia cuenta, sin apoyo institucional ni financiamiento externo. Aterrizaron en Luanda, la capital angoleña, y desde ahí viajaron hasta Luena. Operaron con éxito al niño que los había convocado y, aprovechando la estadía, intervinieron a dieciocho menores más con distintas malformaciones. Volvieron a Argentina con una certeza y una promesa: había que regresar.

Tres viajes, más de cien sonrisas

Los siguientes viajes a Angola fueron ampliando la escala de lo que habían empezado. Además de operar, Mariano y su equipo tomaron la decisión de capacitar a los médicos locales para que pudieran continuar con las cirugías cuando los argentinos no estuvieran. Era la única manera de que el trabajo dejara una huella duradera.

En el tercer viaje, Aníbal ya no pudo acompañar a su hijo por problemas de salud. Mariano fue solo, alcanzó su récord personal de cirugías en una sola campaña y recibió una señal que lo llenó de orgullo: parte de los gastos de ese viaje fueron cubiertos por el propio gobierno angoleño, un reconocimiento silencioso pero elocuente al trabajo que los dos habían hecho.

Entre los tres viajes, Mariano operó directamente a más de cien niños, y atendió por distintas razones a más de quinientos. «Me hicieron sentir que servía para algo en la vida», dijo al contar esa experiencia, con una sencillez que dice más que cualquier premio.

Un legado que no para

Hoy, cerca de cumplir cincuenta años, Mariano Ojeda preside la fundación que su padre creó en La Rioja y sigue liderando el equipo de Neuquén. Los viajes a Angola se han reducido en frecuencia, pero el vínculo con Angola sigue vivo. Proyecta nuevas misiones y sueña con llevar técnicas de laparoscopia a los hospitales angoleños donde alguna vez operó con los recursos que había disponibles.

Para Mariano, todo lo que ha hecho tiene una explicación simple que su padre le enseñó sin palabras desde que era un niño que jugaba en los pasillos de un hospital: la medicina, cuando se ejerce con vocación de servicio, no conoce fronteras. Y una madre desesperada buscando ayuda para su hijo puede, en efecto, acercar dos continentes.

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