Impuntualidad: más que un mal hábito, una señal de fondo emocional
En Costa Rica, llegar tarde suele verse como una falta de respeto o, en el mejor de los casos, como simple desorden. Sin embargo, nuevas interpretaciones desde la psicología están poniendo el tema en otra perspectiva: la impuntualidad podría tener raíces más profundas de lo que muchos imaginan.
El médico y autor Gabor Maté, reconocido por su trabajo en trauma, desarrollo infantil y adicciones, ha planteado una idea que ha generado conversación en redes y medios internacionales. Durante una entrevista en el pódcast Hasan Minhaj Doesn’t Know, el especialista sugirió que llegar tarde de forma constante no siempre responde a falta de interés o irresponsabilidad, sino que puede estar relacionado con dificultades en la percepción del tiempo.
Según su enfoque, muchas personas que luchan con la puntualidad presentan características asociadas al Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Entre ellas, destaca una especie de “desconexión” con el paso del tiempo: minutos que parecen largos o suficientes cuando, en realidad, no lo son. Esto explicaría por qué alguien puede creer sinceramente que llegará a tiempo, aun cuando las circunstancias indiquen lo contrario.
El origen: infancia, entorno y desarrollo
Maté propone ir más allá de la conducta observable y revisar el contexto en el que se formó la persona. En su libro Mentes dispersas, plantea que el desarrollo del sentido del tiempo no es automático, sino que depende del crecimiento neurológico durante la niñez.
En palabras simples: un bebé o un niño pequeño vive en el presente absoluto. Para ellos, conceptos como “en cinco minutos” carecen de sentido real. Esa noción del tiempo se va construyendo poco a poco, siempre y cuando existan condiciones emocionales estables que permitan al cerebro madurar adecuadamente.
Aquí entra un punto clave en su teoría: el estrés en el entorno familiar. De acuerdo con el especialista, crecer en un ambiente cargado de tensión —por ejemplo, con padres constantemente preocupados o ansiosos— puede interferir en el desarrollo de ciertas áreas del cerebro. Esto no implica culpa directa de los padres, sino una dinámica compleja donde el niño, especialmente si es sensible, absorbe ese estrés.
¿Excusa o explicación?
Ahora bien, este enfoque no busca justificar conductas que afectan a otros. En un país donde la puntualidad es clave en ámbitos laborales, educativos y sociales, llegar tarde de forma recurrente puede traer consecuencias reales: pérdida de oportunidades, conflictos interpersonales o una reputación poco confiable.
Lo que sí propone esta mirada es entender que detrás de ciertos comportamientos hay procesos más complejos. No todo se reduce a “falta de ganas” o “ser dejado”. En algunos casos, puede tratarse de una dificultad genuina para organizar el tiempo o anticipar tareas.
Eso abre la puerta a soluciones distintas. En lugar de únicamente exigir puntualidad, se pueden implementar estrategias prácticas: alarmas múltiples, planificación anticipada, rutinas más estructuradas o incluso acompañamiento profesional si se sospecha de TDAH u otra condición.
Una mirada más humana del comportamiento
El planteamiento de Maté también se conecta con una visión más amplia de la salud mental: comprender que muchas conductas en la adultez tienen raíces en experiencias tempranas. Esto no significa quedarse anclado en el pasado, sino usar ese conocimiento para generar cambios.
En Costa Rica, donde cada vez se habla más abiertamente de bienestar emocional, este tipo de enfoques invita a la reflexión. Tal vez esa persona que siempre llega tarde no está siendo irrespetuosa a propósito. Tal vez está lidiando con una forma distinta de procesar el tiempo.
Entenderlo no elimina la responsabilidad, pero sí permite abordarla con más empatía y, sobre todo, con herramientas más efectivas.


