Aunque existen patrones entre el mes de nacimiento y el desempeño académico, expertos advierten que la inteligencia depende de múltiples factores más allá de la fecha en que una persona llega al mundo.
Durante mucho tiempo, la idea de que el mes de nacimiento podía influir en la inteligencia fue vista como una simple creencia popular. Sin embargo, estudios recientes han encontrado que sí hay ciertas diferencias en el desarrollo temprano de los niños, aunque no de la forma determinante que muchos imaginan.
Una de las investigaciones más citadas proviene del National Bureau of Economic Research, que analizó el rendimiento académico de miles de estudiantes. El hallazgo principal no apunta directamente a la inteligencia como tal, sino a un fenómeno conocido como efecto de la edad relativa.
Este concepto explica que, dentro de un mismo grupo escolar, puede haber diferencias de edad de hasta casi un año entre estudiantes. Quienes nacen en meses cercanos al inicio del ciclo lectivo —como agosto o septiembre en algunos sistemas educativos— suelen ser mayores que sus compañeros, lo que se traduce en una ventaja inicial en términos de madurez.
Esa diferencia, aunque parezca pequeña, puede reflejarse en varios aspectos: mejor rendimiento en exámenes, mayor capacidad de concentración y una participación más activa en clase. Incluso, algunos estudios indican que estos estudiantes tienen menos probabilidades de repetir el año.
En contraste, los niños más jóvenes del grupo —muchas veces nacidos en los primeros meses del año— pueden enfrentar más retos al inicio de su etapa escolar, no por falta de capacidad, sino por una menor madurez en comparación con sus pares.
Además del entorno educativo, la ciencia también ha explorado factores biológicos vinculados al embarazo. Elementos como la exposición a la luz solar (relacionada con la vitamina D), la alimentación de la madre o incluso ciertas condiciones estacionales pueden influir ligeramente en el desarrollo del cerebro del bebé.
No obstante, los especialistas coinciden en que estos factores tienen un impacto limitado. Aspectos como el entorno familiar, la calidad de la educación, la estimulación temprana y la nutrición en la infancia pesan mucho más en el desarrollo cognitivo de una persona.
En otras palabras, no existe un “mes ideal” para nacer que garantice mayor inteligencia. Lo que sí muestran estos estudios es cómo pequeñas diferencias en edad y contexto pueden influir en el arranque del proceso educativo, pero no determinan el futuro de nadie.
Así que, más allá del calendario, el desarrollo de cada persona depende en gran medida de las oportunidades, el acompañamiento y el ambiente en el que crece.


