Lo que parecía una tranquila escala de crucero en San Juan, Puerto Rico, terminó convirtiéndose en un episodio insólito. Un pasajero del Rhapsody of the Seas, de la compañía Royal Caribbean, decidió lanzarse al mar para evitar enfrentar una deuda millonaria en el casino del barco y el control de aduanas al desembarcar.
El protagonista de la historia es Jey González-Díaz, quien el pasado domingo, cerca de las 9:15 de la mañana, saltó al agua justo cuando la embarcación regresaba de Barbados y era inspeccionada por oficiales de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos.
Lejos de ser una fuga exitosa, un hombre que paseaba en jet ski lo rescató y lo llevó a la orilla ante la sorpresa de turistas y trabajadores portuarios. Minutos más tarde, las autoridades lo localizaron cerca del Capitolio de Puerto Rico con 14.600 dólares en efectivo, dos teléfonos celulares y cinco identificaciones diferentes.
La deuda y el miedo al control
De acuerdo con la denuncia federal, González-Díaz acumulaba una deuda de 16.710 dólares, casi toda relacionada con apuestas en el casino del crucero. Cuando fue detenido, explicó en español que saltó porque no quería declarar el dinero que llevaba consigo y temía que le cobraran impuestos al ingresar esa suma a territorio estadounidense.
La investigación también reveló irregularidades en su identidad. El pasajero estaba registrado como Jeremy Díaz, y entre sus documentos figuraba otro nombre que coincidía con el de una persona actualmente detenida por narcotráfico y posesión de armas en Puerto Rico. Ante la consulta de los agentes, respondió con sarcasmo: “Si fueran buenos en su trabajo, ya lo sabrían”.
Qué viene para el acusado
Aunque fue liberado bajo fianza, González-Díaz ahora enfrenta cargos federales por intentar evadir controles de declaración de dinero. La ley contempla una multa de hasta 250.000 dólares o una pena de hasta cinco años de cárcel en caso de ser hallado culpable.
El caso ha generado amplio eco en Puerto Rico y medios internacionales, no solo por lo pintoresco de la fuga, sino porque expone la complejidad de los controles aduaneros, la informalidad con la que algunos pasajeros manejan grandes sumas de dinero y, además, el riesgo de que un simple viaje de placer se convierta en un problema judicial de gran magnitud.


