Durante casi una década, la muerte de Canserbero fue presentada como una tragedia marcada por la locura y la violencia autoinfligida. Hoy, esa versión se cayó por completo. Lo que durante años se archivó como un confuso homicidio-suicidio terminó siendo, según la Fiscalía venezolana, un asesinato premeditado, seguido de un elaborado encubrimiento en el que participaron civiles y funcionarios policiales.
Tirone José González Orama, conocido artísticamente como Canserbero, fue una de las voces más influyentes del rap latinoamericano. Su lírica directa, crítica y profundamente social lo convirtió en un referente para miles de jóvenes dentro y fuera de Venezuela, incluyendo Costa Rica, donde su música también encontró eco. Por eso, su muerte en enero de 2015 no solo estremeció al mundo artístico, sino que dejó una herida abierta entre sus seguidores.
Una escena armada y una verdad enterrada
El cuerpo del rapero apareció al pie de un edificio en Maracay. La versión oficial sostuvo que, tras matar a su amigo y productor Carlos Molnar, Canserbero se lanzó desde un décimo piso en medio de un supuesto brote psicótico. El caso se cerró rápidamente y durante años no se investigó más.
Sin embargo, la familia del músico nunca aceptó esa explicación. Insistieron en que había inconsistencias graves y que la imagen que se construyó de Canserbero no coincidía con la persona que ellos conocían. Esas dudas, sostenidas durante años, fueron clave para que en 2023 el Ministerio Público reabriera la causa.
El fiscal general, Tarek William Saab, tomó el expediente y ordenó empezar prácticamente desde cero. Se revisaron pruebas, se realizaron nuevas pericias y se reconstruyó la escena con criterios que no se aplicaron en su momento. Lo que apareció fue un panorama completamente distinto.
El crimen detrás del mito
Según la investigación, Canserbero y Molnar fueron asesinados dentro del apartamento de Natalia Améstica, exmánager del rapero y pareja de Molnar. De acuerdo con la confesión posterior, ambos fueron drogados y luego atacados con arma blanca. Canserbero habría sido apuñalado antes de ser golpeado brutalmente y arrojado por la ventana para simular un suicidio.
La Fiscalía sostiene que la escena fue manipulada con la ayuda de funcionarios policiales que, a cambio de dinero, alteraron informes, omitieron pruebas clave y validaron una versión falsa de los hechos. Entre las irregularidades detectadas se mencionan heridas que no coincidían con una caída, huellas que no correspondían a la víctima y la omisión de puñaladas en los informes forenses originales.
Hoy, siete personas están detenidas, incluidos los hermanos Améstica, varios policías y una patóloga. Además, hay al menos cinco prófugos, entre ellos exfuncionarios judiciales.
Un móvil económico y una reputación destruida
De acuerdo con la Fiscalía, el motivo principal del crimen habría sido económico. Conflictos por el manejo de giras internacionales, dinero y control artístico detonaron una relación cada vez más tensa. Canserbero buscaba independencia profesional y romper vínculos comerciales que consideraba dañinos, una decisión que habría provocado resentimiento y obsesión.
Más allá del crimen físico, el fiscal Saab subrayó otro daño profundo: durante años, la imagen pública del artista fue manchada. Se le señaló como violento, inestable y enfermo mental, sin pruebas clínicas que lo respaldaran. Esa narrativa, hoy desmontada, afectó su legado y a su familia.
Justicia tardía, pero necesaria
El caso Canserbero expone no solo un asesinato, sino también las consecuencias de la corrupción institucional y de las investigaciones mal hechas. Para muchos, este proceso representa una reparación simbólica: limpiar el nombre de un artista que fue juzgado sin pruebas y silenciado dos veces, primero con su muerte y luego con la mentira.
A nueve años del crimen, la causa vuelve a avanzar. Para sus seguidores, para su familia y para una generación que encontró en sus letras una forma de resistencia, la verdad —aunque tardía— empieza a imponerse. Y con ella, la posibilidad de una justicia que durante demasiado tiempo estuvo ausente.


