Más de 500 años después de su muerte, Leonardo da Vinci vuelve a colocarse en el centro de la curiosidad científica. No por un nuevo hallazgo artístico ni por un manuscrito desconocido, sino por una pregunta que hasta hace poco parecía imposible de responder: ¿es posible rastrear su ADN a partir de las obras que dejó?
La ausencia de restos óseos confirmados y la falta de descendencia directa han convertido el estudio biológico del genio renacentista en un verdadero rompecabezas. Su tumba fue destruida durante la Revolución Francesa y los registros físicos sobre su cuerpo prácticamente desaparecieron. Frente a ese vacío, un equipo internacional de investigadores decidió mirar en otra dirección: los objetos que Leonardo tocó con sus propias manos.
La hipótesis es tan audaz como cautelosa. Papeles, lienzos y cartas pueden actuar como esponjas microscópicas que absorben material biológico —piel, sudor, células— y, bajo ciertas condiciones, conservarlo durante siglos. Si además estos soportes fueron cubiertos con capas de pintura, el material genético podría haber quedado protegido del deterioro ambiental.
Con esa premisa nació el Proyecto Leonardo da Vinci, una iniciativa científica que busca rastrear huellas genéticas en piezas históricamente asociadas al artista. El equipo analizó muestras de documentos escritos por familiares lejanos y de un dibujo conocido como “Santo niño”, cuya autoría sigue siendo motivo de debate entre expertos en arte.
Los resultados, publicados de forma preliminar a inicios de enero y aún pendientes de revisión por pares, revelaron una gran cantidad de ADN ambiental —proveniente de bacterias, plantas, hongos y animales—, algo esperable tras siglos de exposición. Sin embargo, lo que despertó mayor interés fue la detección de una misma secuencia del cromosoma Y masculino en una carta y en el dibujo analizado.
Según los investigadores, esta coincidencia no prueba que el ADN pertenezca a Leonardo da Vinci, pero abre una línea de investigación inédita. “Un lienzo o un papel pueden absorber material biológico y, al ser cubiertos con pintura, ese material queda sellado, casi como bajo una capa protectora”, explicó uno de los autores del estudio, especialista en genética molecular.
El análisis también permitió obtener pistas sobre el contexto histórico de las obras. Tras descartar contaminantes modernos, se identificaron restos genéticos compatibles con el ambiente italiano del Renacimiento, como ADN de naranjo —una planta común en los jardines de la Toscana— y de jabalí, cuyas cerdas se usaban tradicionalmente para fabricar pinceles en esa época.
Otro aspecto relevante fue la identificación preliminar de un haplogrupo del cromosoma Y, conocido como E1b1, relativamente común en la región toscana. Aunque este dato resulta coherente con el origen de Leonardo, los propios científicos insisten en que se trata de observaciones iniciales, no de conclusiones definitivas.
De confirmarse en futuras investigaciones, esta línea genética podría servir no solo para aproximarse al perfil biológico del artista, sino también como herramienta complementaria para evaluar la autenticidad de obras atribuidas a él. Aun así, historiadores del arte y genetistas externos al proyecto piden cautela y señalan que sería necesario comparar estos datos con restos óseos verificados o con ADN de descendientes vivos de la familia paterna de Leonardo.
El proyecto continúa en Europa, con nuevas muestras en análisis y estudios paralelos que buscan reforzar o refutar los hallazgos actuales. Para la comunidad científica, el valor principal del trabajo no está en afirmar una identidad genética, sino en demostrar que la intersección entre arte, historia y biología puede ofrecer respuestas que antes parecían inalcanzables.
Por ahora, el ADN de Leonardo da Vinci sigue siendo un misterio. Pero, como ocurre con muchas de sus obras, cada nueva capa de análisis revela que aún queda mucho por descubrir.


