domingo, 21 junio 2026
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¿Adiós a los “abrazos, no balazos”? La presión de Trump y el giro de Sheinbaum contra el narco

La muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, no solo marcó un golpe simbólico y operativo contra el Cartel Jalisco Nueva Generacion (CJNG). También evidenció un viraje en la política de seguridad del gobierno de Claudia Sheinbaum, en un contexto de fuerte presión desde Washington.

Tras el operativo, la mandataria fue enfática: las acciones fueron ejecutadas por fuerzas mexicanas, en territorio mexicano y sin participación directa de tropas estadounidenses. “Coordinación sin subordinación”, ha reiterado como principio rector de su administración. Sin embargo, detrás del discurso soberanista, analistas coinciden en que la influencia de la Casa Blanca ha sido determinante.

El factor Trump

Desde su regreso al poder, Donald Trump endureció el tono hacia México. Designó a varios carteles como organizaciones terroristas extranjeras y elevó la presión en temas de migración, comercio y combate al fentanilo.

Para expertos en seguridad, esa clasificación elevó el riesgo de acciones unilaterales estadounidenses y colocó a México ante un dilema: reforzar su ofensiva interna contra el crimen organizado o enfrentar un deterioro en la relación bilateral.

En ese marco se han intensificado los decomisos, las detenciones de alto perfil y el envío de presuntos narcotraficantes a Estados Unidos, algunos mediante mecanismos distintos al proceso tradicional de extradición. Paralelamente, México desplegó miles de efectivos en la frontera norte como parte de la llamada Operación Frontera Norte.

¿Ruptura con el legado de AMLO?

El contraste inevitable es con la política de Andres Manuel Lopez Obrador, quien popularizó el lema “abrazos, no balazos”, priorizando programas sociales y una menor confrontación directa con los grandes capos.

Aunque Sheinbaum ha defendido públicamente el legado de su antecesor, en la práctica su administración muestra un perfil más combativo. El papel del secretario de Seguridad, Omar Garcia Harfuch, ha sido clave. Con experiencia previa en Ciudad de México y sobreviviente de un atentado atribuido al CJNG en 2020, Harfuch ha impulsado operativos más agresivos y coordinados.

Las cifras oficiales hablan de miles de detenciones por delitos de alto impacto, decomisos históricos de armas y drogas, así como el desmantelamiento de laboratorios clandestinos. Para algunos analistas, estas acciones responden tanto a una convicción interna como a la necesidad de enviar señales claras a Washington.

Cooperación bajo tensión

La cooperación bilateral en seguridad no es nueva, pero hoy opera bajo un escrutinio mayor. Fuentes estadounidenses han confirmado intercambio de inteligencia en operativos recientes, mientras que el gobierno mexicano insiste en que el mando y la ejecución permanecen en manos nacionales.

El desafío, advierten especialistas, es encontrar un equilibrio. Golpear a las cúpulas criminales puede fragmentar estructuras y generar picos de violencia regional, como ha ocurrido en el pasado. Para Sheinbaum, el objetivo declarado es pacificar el país, no solo acumular capturas.

Seguridad, política y elecciones

La presión de Trump también tiene un componente interno en Estados Unidos. El combate al fentanilo y al crimen organizado fue eje central de su campaña, y México aparece frecuentemente en ese discurso como pieza clave.

Para el gobierno mexicano, ceder demasiado podría interpretarse como pérdida de soberanía; resistirse por completo, como un riesgo económico y diplomático. En ese delicado balance se mueve la actual estrategia.

La caída de “El Mencho” simboliza un cambio de etapa. Pero la pregunta de fondo sigue abierta: ¿logrará esta nueva ofensiva reducir la violencia de manera sostenida o reconfigurará el mapa criminal con consecuencias imprevisibles?

En ese pulso entre soberanía y presión internacional, México redefine su política de seguridad en tiempo real.

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