Mientras los adultos mayores de 55 años mantienen niveles relativamente estables de bienestar psicológico, los jóvenes entre 18 y 34 años exhiben un deterioro sostenido en su capacidad para enfrentar la vida cotidiana. Así lo advierte un informe internacional divulgado en 2025, que pone el foco en una creciente brecha generacional en salud mental.
El relevamiento fue impulsado por Sapien Labs a través de su proyecto global “La mente mundial”, una base de datos que reúne respuestas de millones de personas en más de un centenar de países. El estudio evalúa no solo síntomas de depresión o ansiedad, sino un conjunto amplio de habilidades emocionales, sociales y funcionales vinculadas al desempeño diario.
La medición se realiza mediante el denominado Coeficiente de Salud Mental (MHQ), un índice que va de -100 (angustiado) a 200 (prosperando). El promedio global se ubica en 66 puntos, lo que, según el equipo investigador, refleja personas que pueden desenvolverse productivamente cerca del 70% del tiempo. Sin embargo, detrás de ese promedio se esconde una tendencia clara: cada generación más joven presenta peores resultados que la anterior.
De acuerdo con Tara Thiagarajan, neurocientífica y fundadora de la organización, casi la mitad de los jóvenes adultos enfrenta dificultades de relevancia clínica que afectan de manera sustancial su funcionamiento diario. La proporción supera ampliamente la observada en generaciones mayores.
A diferencia de indicadores tradicionales centrados en diagnósticos específicos, el MHQ integra 47 ítems que abarcan desde la capacidad de adaptarse a cambios, regular emociones y mantener la autoestima, hasta completar tareas exigentes, dormir adecuadamente y establecer vínculos significativos. La evaluación, que toma unos 15 minutos y se realiza en línea, busca captar la capacidad real de afrontar retos cotidianos.
Los datos muestran que las personas mayores de 55 años mantienen niveles más altos de resiliencia y estabilidad. En contraste, los adultos jóvenes —especialmente quienes atravesaron su adolescencia durante la pandemia— registraron una caída abrupta en varias habilidades y aún no logran recuperarse plenamente.
El informe también identifica factores asociados al deterioro. Entre ellos, el debilitamiento de los vínculos familiares y sociales, el acceso temprano a teléfonos inteligentes, la disminución de prácticas espirituales y el consumo frecuente de alimentos ultraprocesados.
Según el análisis, relaciones familiares sólidas y prácticas espirituales se vinculan con mejores puntajes y menor riesgo de depresión o ideación suicida. En cambio, recibir un smartphone antes de los 13 años se asocia con mayor probabilidad de desconexión social, agresividad y pensamientos autolesivos en la adultez. El consumo habitual de productos ultraprocesados, por su parte, podría explicar entre un 15% y un 30% de la carga total de problemas de salud mental.
Ante este panorama, el equipo propone tres líneas de acción: reducir al mínimo el consumo regular de ultraprocesados, fortalecer los vínculos familiares y las prácticas que favorezcan el bienestar interior, y postergar el acceso a smartphones con conexión a internet en la infancia, privilegiando dispositivos básicos cuando sea necesario.
El diagnóstico es contundente: más que una percepción subjetiva sobre el contexto social o político, los resultados reflejan cambios profundos en la capacidad mental de adaptación y funcionamiento. La brecha generacional en salud mental ya no es un fenómeno aislado, sino un patrón que atraviesa países y culturas, y que obliga a repensar hábitos, entornos digitales y dinámicas familiares en las nuevas generaciones.


