Cuando lo “bueno” pesa: rasgos comunes en personas con ansiedad que pasan desapercibidos
En medio del ritmo acelerado que caracteriza la vida actual —entre estudio, trabajo y responsabilidades familiares— la ansiedad se ha vuelto una experiencia cada vez más frecuente, también en Costa Rica. Lo interesante es que, en muchos casos, no aparece de forma evidente, sino que se esconde detrás de comportamientos que socialmente se aplauden.
Especialistas en salud mental advierten que ciertos rasgos considerados positivos pueden, si se llevan al extremo, convertirse en una carga emocional importante. La psicóloga Ángela Fernández, quien ha divulgado este tema en redes sociales, plantea que muchas personas con ansiedad comparten patrones de personalidad que suelen pasar desapercibidos o incluso ser admirados.
Lejos de etiquetarlos como defectos, el enfoque apunta a entender cómo estos rasgos, sin un manejo adecuado, pueden aumentar el estrés diario y afectar el bienestar.
La presión de hacerlo todo perfecto
Uno de los rasgos más comunes es la autoexigencia elevada. Se trata de personas organizadas, responsables y disciplinadas, características que en el entorno académico o laboral suelen verse como ideales. Sin embargo, detrás de esa búsqueda constante de excelencia puede esconderse una presión interna difícil de sostener.
En contextos como el costarricense, donde el esfuerzo y la superación personal son valores muy arraigados, este tipo de exigencia puede normalizarse. El problema surge cuando la persona siente que nunca es suficiente, lo que genera frustración, agotamiento y una sensación constante de estar “quedando mal”.
Aprender a flexibilizar expectativas y aceptar que no todo tiene que ser perfecto resulta clave para reducir esa carga emocional.
Decir “sí” a todo: el desgaste silencioso
Otro patrón frecuente es la dificultad para establecer límites. Personas muy colaboradoras, solidarias y empáticas tienden a priorizar las necesidades de los demás por encima de las propias. Aunque esto fortalece las relaciones interpersonales, también puede derivar en una sobrecarga emocional.
En la práctica, esto se traduce en agendas saturadas, compromisos asumidos por obligación y poco espacio para el descanso o el autocuidado. Con el tiempo, esta dinámica puede generar cansancio, irritabilidad e incluso resentimiento.
Especialistas coinciden en que aprender a decir “no” de forma asertiva no es egoísmo, sino una herramienta necesaria para mantener el equilibrio personal.
Sentirlo todo más intensamente
El tercer rasgo tiene que ver con la sensibilidad emocional. Hay personas que reaccionan con mayor intensidad ante situaciones cotidianas, lo que las mantiene en un estado constante de alerta. Este nivel de reactividad puede hacer que pequeños problemas se perciban como grandes amenazas.
En un entorno donde las preocupaciones económicas, académicas o familiares son parte del día a día, esta sensibilidad puede amplificar el estrés. Por eso, se recomienda incorporar prácticas que ayuden a regular las emociones, como técnicas de relajación, ejercicio físico o espacios de desconexión.
Un llamado a encontrar el balance
La clave no está en eliminar estos rasgos, sino en gestionarlos de manera saludable. Ser responsable, empático o sensible no es un problema en sí mismo; el desafío está en evitar que estas cualidades se conviertan en una fuente constante de presión.
En un país donde cada vez se habla más abiertamente de salud mental, reconocer estas señales puede ser el primer paso para buscar equilibrio y mejorar la calidad de vida. La ansiedad no siempre grita; a veces se disfraza de virtudes que, sin darnos cuenta, terminan pasándonos la factura.


