Cuando el uso deja de ser normal
El uso de celulares, tablets y videojuegos ya forma parte de la vida cotidiana de muchos niños. Sin embargo, hay una línea delgada entre el entretenimiento y la dependencia. Según el psiquiatra infantil Federico Beines, el problema no aparece de golpe, sino que se instala poco a poco, muchas veces sin que los adultos lo noten.
La clave, explica el especialista, está en entender que las pantallas no son el enemigo. El riesgo surge cuando se convierten en la principal forma de manejar emociones como el aburrimiento, la tristeza o la ansiedad.
Las señales que encienden la alerta
Detectar a tiempo un uso problemático puede marcar la diferencia. Entre los signos más comunes, destacan cambios en el comportamiento y en el desarrollo diario del niño.
Uno de los primeros indicadores es la dificultad para concentrarse. A muchos menores les cuesta mantener la atención en tareas simples, ya que se acostumbran a estímulos rápidos y constantes.
También pueden aparecer problemas en el lenguaje, especialmente en los más pequeños, debido a la falta de interacción real con otras personas. A esto se suma una menor tolerancia a la frustración: si algo no les genera satisfacción inmediata, tienden a molestarse con facilidad.
El sueño es otro aspecto afectado. El uso prolongado de pantallas, sobre todo antes de dormir, puede alterar los horarios y la calidad del descanso.
Además, es común notar irritabilidad cuando se les pide dejar el dispositivo. Algunos niños reaccionan con enojo o ansiedad, lo que evidencia una relación de dependencia.
Otros signos incluyen la pérdida de interés en actividades que antes disfrutaban, la incapacidad de entretenerse sin tecnología y la necesidad de pasar cada vez más tiempo frente a una pantalla para sentirse satisfechos.
Más que un hábito: una respuesta emocional
Uno de los puntos más importantes que señala el especialista es que muchos niños utilizan las pantallas como una especie de “refugio emocional”. Es decir, recurren a ellas automáticamente cuando se sienten mal.
Este patrón puede limitar su capacidad para desarrollar habilidades emocionales, como manejar la frustración o resolver conflictos sin depender de estímulos externos.
Prohibir no siempre es la solución
Ante esta situación, una reacción común de las familias es eliminar por completo el acceso a dispositivos. Sin embargo, el experto advierte que esto puede ser contraproducente.
Cuando algo se vuelve prohibido, suele generar más interés. Por eso, en lugar de imponer restricciones absolutas, se recomienda establecer límites claros y promover un uso equilibrado.
Alternativas que sí funcionan
El enfoque más efectivo pasa por ofrecer opciones. Actividades como la lectura, el juego al aire libre o el tiempo en familia ayudan a reducir la dependencia sin generar conflictos constantes.
La literatura, por ejemplo, permite estimular la imaginación de una forma que las pantallas no siempre logran. Incluso se pueden combinar ambas cosas, utilizando la tecnología como complemento y no como sustituto.
Un reto cada vez más presente en Costa Rica
En el contexto costarricense, donde el acceso a dispositivos es cada vez mayor, este tema cobra relevancia en hogares y centros educativos. La tecnología ofrece grandes oportunidades, pero también exige un acompañamiento activo por parte de los adultos.
Al final, no se trata de eliminar las pantallas, sino de enseñar a usarlas con criterio. El verdadero objetivo es que los niños desarrollen una relación sana con la tecnología, sin que esta limite su crecimiento ni su bienestar emocional.


