Lo que parecía un malestar pasajero terminó en una tragedia que hoy genera preguntas y llamados de atención a nivel internacional. La muerte de Áine Rose Hurst, una joven británica de 19 años, puso bajo la lupa un efecto secundario poco frecuente, pero documentado, de las pastillas anticonceptivas hormonales: la formación de coágulos sanguíneos en el cerebro.
El caso ocurrió en Bolton, Inglaterra, y ha sido difundido por la familia con un objetivo claro: advertir sobre síntomas que pueden pasar desapercibidos y sobre la importancia de informarse adecuadamente acerca de los medicamentos de uso cotidiano, especialmente entre mujeres jóvenes.
Áine había comenzado a tomar anticonceptivos orales combinados desde los 15 años, como tratamiento para controlar menstruaciones abundantes. En determinado momento, el tratamiento fue suspendido luego de que se le detectara presión arterial alta. Tras estabilizarse, los médicos le recetaron nuevamente el mismo tipo de pastillas, que combinan estrógeno y progestina.
Según relató su madre, Kerry Hurst, existía preocupación en la familia por retomar el medicamento, pero confiaron en la indicación médica. “Nos inquietaba, lo dijimos, pero ella respondió que eso era lo que había indicado el doctor”, contó en declaraciones a medios británicos.
Tres meses después de reiniciar el tratamiento, la joven pasó la noche en casa de una amiga. Al día siguiente llamó a su madre para decirle que regresaría a casa porque tenía lo que creía era una resaca. En el Reino Unido, como en muchos países, el consumo de alcohol es legal a partir de los 18 años, por lo que la explicación no encendió alarmas de inmediato.
Con el paso de los días, sin embargo, el dolor de cabeza no cedió. Por el contrario, se volvió constante e intenso. La familia asumió que se trataba de un malestar común y siguió recomendaciones habituales: líquidos, reposo y analgésicos. Nada funcionó. Durante una madrugada, la situación dio un giro dramático cuando Áine despertó a su madre llorando, quejándose de un dolor insoportable que empeoraba rápidamente.
El estado de la joven se deterioró en cuestión de horas. Tras intentar contactar al médico, Kerry Hurst decidió llamar a la línea de emergencias. Durante la llamada, su hija comenzó a perder la capacidad de responder y sufrió un colapso. Minutos después, paramédicos llegaron a la vivienda, la intubaron y la trasladaron de urgencia al hospital.
Una tomografía reveló el diagnóstico devastador: un coágulo de sangre de gran tamaño en el cerebro. Los médicos explicaron a la familia que, incluso si sobrevivía, el daño neurológico sería severo. Poco después, confirmaron que no había actividad cerebral. Áine murió minutos más tarde, tras desconectarse los equipos de soporte vital.
La investigación forense concluyó que la causa del coágulo estuvo relacionada con el uso de anticonceptivos hormonales. El tribunal determinó que se trató de un efecto secundario reconocido, aunque poco común, asociado específicamente a las píldoras que contienen estrógeno.
El caso reabrió el debate sobre los riesgos de este tipo de medicamentos, que son ampliamente utilizados en todo el mundo. Según datos de la Clínica Cleveland, el riesgo de desarrollar coágulos sanguíneos por anticonceptivos orales es bajo —entre una y cinco personas por cada 10.000 al año—, pero existe y suele estar descrito en los extensos prospectos que acompañan a estos fármacos.
La familia de Áine decidió compartir su historia para que otras personas estén más atentas a señales de alerta, como dolores de cabeza intensos y persistentes, especialmente cuando coinciden con el uso de anticonceptivos hormonales. “No se trata de sembrar miedo, sino de que haya más conciencia sobre lo que las mujeres jóvenes están tomando y cómo reacciona su cuerpo”, expresó su madre.
El testimonio ha resonado más allá del Reino Unido y plantea una reflexión válida también para Costa Rica y la región: la importancia de la información clara, el seguimiento médico y la atención oportuna ante síntomas que, aunque parezcan comunes, pueden esconder condiciones graves.


