En una sociedad donde conseguir alcohol es tan sencillo como entrar a un supermercado o pedirlo a domicilio, pocas veces se piensa en cómo esta sustancia interactúa con el órgano que dirige toda nuestra conducta: el cerebro. Más allá de la resaca o los efectos inmediatos, especialistas en salud mental advierten que el consumo frecuente puede modificar los circuitos cerebrales que regulan el placer, la motivación y la toma de decisiones.
La psiquiatra Anna Lembke, profesora de la Universidad de Stanford y reconocida por sus estudios sobre adicciones, sostiene que el alcohol no solo genera sensaciones placenteras temporales, sino que puede alterar la forma en que el cerebro prioriza ciertas conductas. En términos simples, el sistema nervioso puede llegar a “aprender” que beber es algo necesario, no solo deseable.
La clave de este proceso está en la dopamina, un neurotransmisor relacionado con la recompensa y la motivación. Actividades como comer, socializar o lograr metas personales liberan dopamina de manera natural. El problema, según Lembke, es que sustancias como el alcohol provocan liberaciones mucho más intensas y rápidas, lo que el cerebro interpreta como una señal de alto valor.
Con el tiempo, el organismo intenta adaptarse. Para compensar esos picos artificiales, reduce su propia producción de dopamina o disminuye la sensibilidad a ella. El resultado es que la persona ya no bebe para sentirse eufórica, sino para evitar sentirse mal. Ahí es donde puede empezar un círculo de consumo cada vez más frecuente.
Este fenómeno ayuda a explicar por qué algunas personas experimentan anhedonia, es decir, dificultad para disfrutar actividades cotidianas que antes resultaban gratificantes. Lo que antes generaba placer pierde fuerza frente al estímulo que ofrece la sustancia.
Otros especialistas también han estudiado el impacto del alcohol en el cerebro desde una perspectiva biológica. La neurocientífica Jill Bolte Taylor ha señalado que el alcohol puede afectar a nivel celular, contribuyendo a la deshidratación de las células y a su fragilidad. Por su parte, el neurólogo Richard Restak ha advertido sobre la relación entre consumo de alcohol y deterioro cognitivo, especialmente en edades avanzadas.
A pesar de este panorama, los expertos coinciden en que el cerebro tiene capacidad de recuperación. La interrupción del consumo puede iniciar procesos de reajuste neuroquímico y funcional. Muchas de estas mejoras no son inmediatas ni visibles de un día para otro, pero se van consolidando con el tiempo.
El tema también abre una discusión más amplia sobre el estilo de vida moderno. Lembke plantea que el ser humano evolucionó para sobrevivir en contextos de escasez, no de sobreoferta. Hoy, la disponibilidad constante de estímulos placenteros —desde redes sociales hasta comida ultraprocesada y alcohol— pone a prueba sistemas cerebrales que no estaban diseñados para tanta abundancia.
En Costa Rica, donde el consumo de alcohol forma parte de múltiples espacios sociales y culturales, estas reflexiones resultan particularmente relevantes. Entender cómo funciona el cerebro no implica demonizar la bebida, pero sí invita a tomar decisiones más informadas sobre frecuencia, cantidad y contexto.
Al final, el mensaje de los especialistas apunta a algo sencillo pero profundo: el placer químico rápido puede tener costos a largo plazo, mientras que el bienestar sostenido suele construirse con hábitos que el cerebro reconoce como saludables y equilibrados.


