Durante décadas, la discusión ambiental ha estado dominada por fenómenos visibles: el aumento del nivel del mar, el blanqueamiento de los corales o las olas de calor extremo. Sin embargo, un proceso mucho menos evidente —pero igual de preocupante— comienza a ganar atención en la comunidad científica: el oscurecimiento repentino de amplias zonas del océano, un fenómeno capaz de alterar la vida marina en cuestión de días.
Lejos de tratarse de una transformación gradual, investigadores han identificado episodios en los que el mar pierde gran parte de la luz solar que lo alimenta, sumiendo a ecosistemas completos en una penumbra prolongada que puede durar semanas, e incluso meses. Estos eventos, conocidos como apagones submarinos, representan una nueva amenaza para el equilibrio de los océanos y, por extensión, para el planeta.
Cuando la luz deja de llegar al fondo del mar
La vida en el océano depende, en gran medida, de la luz. En la llamada zona fótica —la capa superficial donde penetra la radiación solar— se produce la fotosíntesis que sostiene la base de la cadena alimentaria marina. Cuando esa luz se reduce drásticamente, todo el sistema comienza a resentirse.
Estudios recientes liderados por científicos de la Universidad de Plymouth, en el Reino Unido, revelan que más de una quinta parte de los océanos del mundo se ha oscurecido de forma significativa entre 2003 y 2022. El hallazgo se basó en el análisis de datos satelitales de la NASA y muestra una reducción sostenida de las zonas donde la luz logra penetrar lo suficiente para mantener los procesos biológicos esenciales.
Aunque el oscurecimiento del océano ya había sido vinculado a factores como el aumento de nutrientes, el derretimiento del permafrost o la degradación de zonas costeras, los investigadores comenzaron a notar un patrón distinto: episodios abruptos y extremos, en los que la claridad del agua colapsa casi de un momento a otro.
Apagones submarinos: un impacto rápido y profundo
Estos eventos pueden activarse tras tormentas intensas, proliferaciones masivas de plancton o descargas extraordinarias de sedimentos que llegan al mar desde tierra firme. Incendios forestales, deslizamientos y la erosión acelerada del suelo contribuyen a que ríos y corrientes transporten grandes volúmenes de material orgánico hacia el océano, creando una barrera que bloquea la luz solar.
Un estudio publicado en enero en la revista Communications Earth & Environment documentó decenas de estos apagones frente a las costas de California y Nueva Zelanda. En algunos casos, la oscuridad persistió por una o dos semanas; en otros, se extendió por más de dos meses, con consecuencias directas para los ecosistemas locales.
El impacto es inmediato: la fotosíntesis se detiene, los organismos microscópicos que sostienen la red alimentaria disminuyen y, en cadena, se ven afectados peces, invertebrados y grandes depredadores marinos. La alteración del comportamiento, la desorientación y la pérdida de zonas de alimentación se vuelven inevitables.
Ecosistemas clave bajo presión
Bosques de algas, praderas marinas y arrecifes de coral figuran entre los ambientes más vulnerables. Estos ecosistemas, conocidos como los “pulmones azules”, no solo albergan una enorme biodiversidad, sino que cumplen un rol clave en la captura de carbono y la regulación del clima.
Incluso períodos breves de oscuridad pueden provocar daños duraderos. Algunas especies logran adaptarse, pero otras no sobreviven al cambio repentino, lo que modifica el equilibrio ecológico y abre la puerta a transformaciones difíciles de revertir.
Un problema que empieza en tierra
Aunque el fenómeno ocurre bajo la superficie del mar, sus causas están profundamente ligadas a actividades humanas en tierra firme. La deforestación, el uso intensivo del suelo y la falta de planificación territorial aumentan la cantidad de sedimentos que terminan en los océanos, agravando un escenario ya presionado por el calentamiento global.
Para los científicos, identificar y nombrar este fenómeno es apenas el primer paso. Incorporarlo a los modelos climáticos permitirá anticipar su impacto y diseñar estrategias de mitigación más efectivas. El mensaje es claro: el océano continúa enviando señales de alerta, algunas invisibles a simple vista, pero con la capacidad de apagar la vida marina en silencio.
En un país como Costa Rica, que ha hecho del discurso ambiental una bandera, estos hallazgos refuerzan la necesidad de mirar más allá de lo evidente y entender que la salud del mar depende tanto de lo que ocurre en alta mar como de las decisiones que se toman tierra adentro.


