miércoles, 17 junio 2026
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Envejecer no es enfermar: los cambios reales del cerebro tras los 70 y cómo enfrentarlos

Llegar a los 70 años trae consigo transformaciones inevitables en el cerebro, pero asumirlas como una enfermedad es uno de los errores más comunes —y más dañinos— que se cometen al hablar del envejecimiento. Así lo sostiene la neurocientífica española Nazareth Castellanos, quien insiste en que estos cambios forman parte de un proceso natural y pueden convertirse en una oportunidad de adaptación, no en una sentencia de deterioro.

La especialista, reconocida por sus investigaciones sobre plasticidad cerebral y regulación emocional, explica que el cerebro no deja de funcionar: cambia su ritmo, sus prioridades y sus estrategias. Comprender ese proceso permite vivir esta etapa con mayor serenidad y menos temor.

Un cerebro más lento, pero no menos capaz

Uno de los cambios más notorios a partir de los 70 años es la reducción gradual del volumen cerebral, especialmente en zonas como el córtex prefrontal, encargado de la planificación, la toma de decisiones y el control de impulsos. También se ve afectada la sustancia blanca, responsable de la comunicación entre distintas regiones del cerebro.

Esto se traduce en una menor velocidad de procesamiento: cuesta más seguir conversaciones rápidas, encontrar una palabra precisa o asimilar información nueva. Sin embargo, Castellanos es clara: no se trata de una pérdida de inteligencia, sino de un cambio en la rapidez con la que el cerebro opera.

A cambio de esa lentitud, aparece una fortaleza clave: la experiencia acumulada. Décadas de vivencias permiten interpretar situaciones con mayor profundidad, reconocer patrones y tomar decisiones con más contexto.

La memoria cambia, no desaparece

El funcionamiento del hipocampo —estructura clave para la memoria— también se modifica. Recordar hechos recientes puede volverse más difícil, mientras que recuerdos antiguos, cargados de emoción, permanecen sorprendentemente nítidos.

Este fenómeno no debe confundirse con demencia. Olvidar dónde se dejaron las llaves es normal; no saber para qué sirven, no lo es. La neurogénesis disminuye, pero las conexiones neuronales existentes pueden fortalecerse mediante el aprendizaje, la curiosidad y la estimulación constante.

Menos neurotransmisores, nuevas estrategias

Con la edad disminuye la producción de dopamina, serotonina y acetilcolina, sustancias esenciales para la motivación, la atención y el bienestar emocional. Esto puede manifestarse como menor energía, menos iniciativa o una sensación de “mente nublada”.

Aun así, la plasticidad cerebral sigue presente. Aprender algo nuevo exige más tiempo y repetición, pero sigue siendo posible. El mayor enemigo, según Castellanos, no es el cambio biológico, sino la creencia de que ya no vale la pena intentarlo.

Sueño, atención y emociones: ajustes necesarios

El sueño se vuelve más fragmentado y menos profundo debido a alteraciones en el ritmo circadiano y a una menor producción de melatonina. Esto impacta la memoria, el estado de ánimo y la concentración. Mantener horarios regulares, reducir estímulos nocturnos y aprovechar la luz natural durante el día son estrategias clave.

También disminuye la capacidad de dividir la atención y hacer varias tareas a la vez. El cerebro necesita más estructura: listas, rutinas claras y menos distracciones. Lejos de ser una debilidad, esta necesidad invita a simplificar la vida cotidiana.

En el plano emocional, muchas personas experimentan mayor estabilidad y menor reactividad. La amígdala se vuelve menos impulsiva y se fortalece una regulación emocional más madura. Aunque el placer puede sentirse menos intenso, aparece una serenidad que antes no estaba.

La reserva cognitiva marca la diferencia

No todos los cerebros envejecen igual. La llamada reserva cognitiva —construida a lo largo de la vida mediante educación, lectura, aprendizaje y desafíos intelectuales— actúa como un amortiguador frente al deterioro. Dos personas pueden tener cambios cerebrales similares, pero quien tenga mayor reserva mantendrá mejor funcionamiento.

Por eso, el envejecimiento cerebral no depende solo de la edad, sino de hábitos sostenidos durante décadas.

Envejecer con comprensión, no con miedo

Castellanos insiste en un mensaje clave: envejecer no es sinónimo de enfermedad. Confundir ambos conceptos genera ansiedad innecesaria y una vigilancia constante de cada olvido, como si fuera el inicio de una tragedia.

El cerebro a los 70 años no es un cerebro fallido. Es uno distinto, con un ritmo propio, nuevas necesidades y también nuevos dones. La lentitud puede ser profundidad; la memoria selectiva, sabiduría; la calma emocional, equilibrio.

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