Lo que parecía un simple accidente durante unas vacaciones familiares terminó marcando la vida de Paul Sturtz, un niño estadounidense que hoy tiene 11 años y continúa en controles médicos tras una batalla contra el cáncer.
En 2020, cuando apenas tenía 6 años, Paul saltó de un acantilado en las Blue Ridge Mountains (Estados Unidos) y sufrió una lesión en la pierna derecha. Al inicio, sus padres pensaron que se trataba de un desgarro muscular. El dolor parecía disminuir con medicamentos y hasta un médico les aseguró que no se trataba de nada grave.
Pero el malestar nunca desapareció. Paul cojeaba, especialmente al correr, y meses después los exámenes revelaron lo impensable: un sarcoma de Ewing metastásico, un tipo poco común de cáncer de huesos.
Un diagnóstico devastador
El sarcoma de Ewing afecta a unos 200 niños y adolescentes cada año en Estados Unidos, según cifras de la Sociedad Americana del Cáncer. En el caso de Paul, el pronóstico fue sombrío: apenas entre un 20 % y 25 % de probabilidades de supervivencia.
“Es la peor pesadilla de cualquier padre enterarse de que su hijo tiene cáncer”, confesó su madre, Charlotte Marie Sturtz, en declaraciones a la revista People.
El cáncer ya se había extendido a los pulmones, la columna y el fémur izquierdo, lo que obligó a los médicos a actuar con rapidez.
Cirugías, quimioterapia y recaídas
En 2021, Paul fue sometido a una cirugía para extirpar el tumor de la pierna derecha, lo que le permitió conservarla. Luego siguieron rondas intensas de quimioterapia y radioterapia.
Ese mismo año, los médicos confirmaron que no había signos de la enfermedad: Paul estaba en remisión. Posteriormente, ingresó a un ensayo clínico y recibió un año de quimioterapia de mantenimiento.
Pero los tratamientos dejaron secuelas. Sus huesos quedaron debilitados y, en 2025, sufrió nuevas fracturas, incluido un accidente de trineo que obligó a reemplazarle la cadera derecha.
El niño que nunca se rinde
La recuperación ha sido un proceso constante y doloroso. “Paul tuvo que volver a aprender a caminar cinco veces”, relató su madre, un reflejo de la resiliencia del niño ante cada recaída.
Hoy, con 11 años, acude a controles médicos cada seis meses. Aunque la enfermedad lo obligó a pasar por operaciones, terapias y largos periodos de recuperación, su historia es también un testimonio de resistencia y esperanza.
Paul continúa bajo observación médica, rodeado del apoyo de su familia, que lo acompaña en cada paso —literalmente— de este largo camino.


