Hasta hace unas décadas, el cáncer colorrectal —que afecta al colon y al recto— era una enfermedad que se diagnosticaba, casi siempre, después de los 50 años. Hoy, esa realidad cambió drásticamente. En Costa Rica y en el resto del mundo, cada vez más personas jóvenes están recibiendo un diagnóstico que antes era raro en su grupo de edad.
La tendencia no es local ni pasajera: desde los años noventa, las cifras han crecido de forma sostenida en países tan distintos como Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y varias naciones europeas. De hecho, una investigación internacional publicada en BMC Gastroenterology reveló que, entre 1990 y 2021, los casos en menores de 50 años prácticamente se duplicaron. Y las proyecciones indican que la curva seguirá al alza por lo menos hasta el 2040.
Paradójicamente, mientras los casos en jóvenes aumentan, en los mayores de 50 años las cifras disminuyen gracias a campañas de prevención y pruebas de detección temprana. Esto plantea una gran pregunta: ¿qué está pasando con las nuevas generaciones?
Dieta, sedentarismo y otros cambios en el estilo de vida
Expertos señalan que uno de los factores más claros está en la mesa. El consumo frecuente de carnes procesadas, bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados se ha asociado a un aumento significativo del riesgo. Una revisión publicada en Frontiers in Oncology concluyó que seguir una dieta occidental rica en carnes rojas, frituras y azúcar refinada eleva hasta en un 43% la probabilidad de desarrollar este cáncer a temprana edad.
A esto se suma el bajo consumo de fibra, frutas y lácteos, que según estudios recientes también está relacionado con un mayor riesgo. El sedentarismo, el sobrepeso y la obesidad desde edades tempranas completan un cóctel preocupante, favoreciendo inflamaciones crónicas y alteraciones metabólicas que pueden favorecer la formación de tumores.
Cuando la genética tiene la última palabra
Aunque el estilo de vida influye, no todo está en las manos de la persona. Los antecedentes familiares juegan un papel clave: tener un pariente cercano con cáncer colorrectal puede aumentar el riesgo hasta 17 veces. Además, síndromes hereditarios como el de Lynch o la poliposis adenomatosa familiar predisponen a desarrollar la enfermedad incluso antes de los 40 años.
Otras condiciones que elevan el riesgo
Enfermedades inflamatorias del intestino como la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn multiplican las probabilidades de desarrollar cáncer colorrectal. También se han identificado factores como la diabetes tipo 2, el colesterol alto y la hipertensión, que podrían actuar de manera conjunta con la genética y el ambiente para acelerar el proceso.
El gran problema: diagnósticos tardíos
Uno de los retos más serios es que, en personas jóvenes, este cáncer suele detectarse en etapas avanzadas. Los síntomas iniciales —dolor abdominal, cambios en el tránsito intestinal o sangrado rectal— pueden confundirse con problemas menos graves, lo que retrasa la consulta médica.
Más del 60% de los casos en menores de 50 años se diagnostican en fases III o IV, cuando el tumor ya está avanzado o incluso se ha diseminado. Esto se debe, en parte, a que la mayoría de programas de tamizaje comienzan a partir de los 50 años, dejando a los jóvenes fuera del radar preventivo.
Tumores más agresivos, pero con margen de esperanza
Investigaciones recientes han encontrado que, en menores de 50 años, los tumores suelen ser biológicamente más agresivos y con mayor tendencia a propagarse temprano. Sin embargo, cuando se detectan a tiempo y el tratamiento es adecuado, las personas jóvenes suelen tolerar mejor las terapias intensivas, lo que abre una ventana importante para la recuperación.
Un llamado urgente a la prevención
El aumento del cáncer colorrectal en menores de 50 años es un desafío que requiere acción inmediata. No basta con más investigación: se necesitan campañas de educación sobre hábitos saludables, mayor acceso a pruebas preventivas y criterios de detección que consideren a personas desde los 40 o incluso antes, si tienen antecedentes familiares o factores de riesgo claros.
En palabras simples: conocer los síntomas, cuidar la alimentación, moverse más y estar atentos a la historia familiar puede marcar la diferencia entre un diagnóstico temprano y uno tardío. La tendencia mundial está cambiando y, como país, debemos adaptarnos antes de que sea demasiado tarde.


