El 8 de agosto de 2015, en un pequeño pueblo de Texas, David Conley, un exconvicto de 48 años, perpetró una masacre que estremeció a la comunidad. Armado y decidido, irrumpió en la casa donde vivía su exesposa Valerie, su hijo Nathaniel y la nueva pareja de Valerie, Dewayne Jackson, junto con sus seis hijos menores.
Conley, expulsado días antes de la casa y sin un lugar dónde quedarse, volvió con intenciones mortales. Usó esposas para maniatar a los integrantes de la familia y, uno a uno, los asesinó a tiros en una escena desgarradora. Ocho personas murieron, entre ellas seis niños de entre 6 y 13 años. La exesposa y su actual pareja recibieron al menos 14 disparos cada uno. Según reconstruyeron los investigadores, Conley hizo que los niños murieran delante de sus padres, para luego moverlos a otras habitaciones, dejando a su exmujer como testigo del horror.
Durante el juicio, el asesino justificó sus actos diciendo que Dewayne era violento con los niños y que él “los estaba liberando”, alegando: “No soy Dios, pero sí el hombre de la casa”. Su hija mayor, que había escapado del hogar y sobrevivió, testificó en su contra, pidiendo justicia por su madre y hermanos.
Aunque su defensa intentó declararlo inimputable, los peritos lo descartaron. Fue condenado a prisión perpetua sin posibilidad de libertad, mientras que su abogado defensor consideró la sentencia como un triunfo profesional.
Este caso sigue siendo un estremecedor recordatorio de la violencia intrafamiliar y las terribles consecuencias que puede desencadenar.


