Una figura que dividió opiniones y atrajo multitudes
Jimmy Swaggart, uno de los predicadores evangélicos más influyentes y controvertidos del siglo XX, falleció este martes a los 90 años tras sufrir un infarto en un hospital de Baton Rouge, Luisiana. Su muerte fue confirmada a través de un comunicado publicado en su página oficial de Facebook, donde se lee: “El hermano Swaggart ha terminado su vida terrenal y ha entrado en la presencia de su Salvador, Jesucristo”.
Swaggart fue conocido por sus apasionadas prédicas, acompañadas de música gospel en vivo, que durante los años 80 llegaron a transmitirse en más de 100 países, alcanzando a millones de espectadores cada semana.
Un legado marcado por la devoción y la controversia
Entre el púlpito y el escándalo público
Nacido en una familia profundamente religiosa, Swaggart era primo del legendario pianista de rock and roll Jerry Lee Lewis y del cantante country Mickey Gilley. Sin embargo, su destino tomó otro rumbo: eligió el ministerio como su plataforma, fundando su propia congregación en Luisiana, alineada con las doctrinas de las Asambleas de Dios.
Durante la década de 1980, su ministerio floreció, no solo espiritualmente sino económicamente. Las donaciones a su iglesia llegaban a sumar cientos de millones de dólares anuales, y su figura se volvió una referencia mundial del evangelismo mediático.
Pero todo se vino abajo en 1987, cuando fue fotografiado en un motel de Nueva Orleans con una prostituta, imagen que desató uno de los escándalos religiosos más sonados del siglo. Un año después, protagonizó una emotiva confesión pública donde declaró: “He pecado contra ti, mi Señor”. Su iglesia lo expulsó, y aunque siguió predicando, nunca volvió a tener el mismo alcance de antes.
Años de predicación tras el escándalo
Una vida pública entre la humillación y la fidelidad
Pese al golpe a su reputación, Swaggart no abandonó el púlpito. Fundó su propio ministerio independiente y siguió transmitiendo sus sermones a través de radio, televisión y plataformas digitales. Aunque con una audiencia reducida, logró conservar un grupo fiel de seguidores que lo acompañó hasta sus últimos días.
Nunca dejó del todo los reflectores, aunque ya no brillaban con la misma intensidad. Su historia se convirtió en un símbolo de redención para algunos y de hipocresía para otros, dividiendo la opinión pública durante décadas.


