De estudiar en la calle a cartonear para vivir: la historia de Antonella, la joven que aún no se rinde
Corría el 2016 cuando una imagen capturada por un fotoperiodista recorrió medios y redes sociales. En plena avenida, una niña hacía sus deberes escolares sentada en la acera, mientras a su lado sus padres pedían limosna. Esa foto —tomada en Buenos Aires, Argentina— se convirtió en símbolo de lucha, resiliencia y pobreza urbana. Seis años después, Antonella, la protagonista de esa postal que conmovió a tantos, vuelve a la escena, aunque ya nadie la esté mirando.
“No creás que estoy mucho mejor que antes”, dice hoy, con 17 años y empujando un carro lleno de cartón por las calles de Constitución. Lleva la misma campera roja de su egreso de primaria, como si el tiempo no hubiera pasado, o peor aún, como si hubiera pasado en vano.
Del aplauso al olvido
Lo que en su momento fue un estallido de solidaridad, con donaciones, vivienda temporal y promesas de ayuda, se desvaneció con la misma rapidez con la que llegó. “Cuatro meses nos duró todo, después volvimos a la calle”, recuerda sin rabia, pero con resignación. Un grupo de personas los desalojó por la fuerza de la casa que les habían prestado. Desde entonces, la historia repitió el ciclo: calle, hotel barato, mendicidad.
Mientras su familia se dispersaba, Antonella intentó sostener lo más valioso que tenía: su educación. Terminó la primaria con honores, se mantuvo firme en el colegio… hasta que no pudo más.
“El año pasado, dejé el cole. Busqué trabajo, pero como soy menor no me contrataron. Entonces me puse a cartonear con mi papá. Sacamos lo justo para el hotel y la comida del día”, explica mientras se limpia las manos en el pantalón, luego de escarbar entre residuos. No lleva guantes. Solo coraje.
Estudiar en medio del ruido, soñar en medio del caos
Estudiar en la calle no es épico, es una lucha diaria contra la distracción, la inseguridad, el ruido y el frío. “Me daban una compu en la escuela, pero necesitaba wifi y no siempre lo encontraba. Me costaba concentrarme”, recuerda.
La Antonella de hoy ya no es la niña de la foto, pero tampoco es una adulta. Carga con años que no eligió, con abandonos que no pidió. Su madre ya no está, sus hermanos están en lo suyo, y ella camina todos los días junto a su papá, vendiendo cartones a lo largo de la ciudad.
Aún está a tiempo
Pese a todo, no ha perdido la capacidad de sonreír. Y eso, en contextos como el suyo, es casi un acto de rebeldía. “Me da angustia. Yo era muy chica. No se lo deseo a nadie”, dice con los ojos brillosos, deteniéndose por un instante en medio del ajetreo.

La historia de Antonella no es una excepción. Es una entre miles. Pero verla con nombre y rostro, con sueños y heridas, duele distinto. Su caso nos recuerda que la pobreza infantil no se resuelve con una foto viral ni con una ayuda pasajera. Requiere compromiso real, acompañamiento sostenido y políticas públicas que no se olviden después del primer titular.
En Costa Rica, donde también existen realidades invisibilizadas de infancia empobrecida, trabajo informal y abandono escolar, el ejemplo de Antonella interpela: ¿cuántas niñas y niños están estudiando hoy entre la calle y el rebusque? ¿Y quién les está viendo de verdad?
Antonella resiste. A pesar de todo. Con apenas 17 años, sigue a tiempo de todo. Lo único que necesita es una oportunidad.


